
Reflejos del juego
Víctor del Río
En un antiguo libro de texto en el que estudié se incluía una viñeta para explicar el concepto de reflejo condicionado según el conductismo. El chiste presentaba a dos ratones de laboratorio en una jaula. Se trataba de dos ratones con los que se estaba experimentando el condicionamiento como base del aprendizaje. Uno le explicaba al otro: “tengo a un tipo ahí afuera completamente condicionado, cada vez que aprieto esta palanca me da un trozo de queso”… El chiste resultaba especialmente ingenioso como crítica a la mecánica reductiva del conductismo según la cual podemos modificar la conducta mediante un análisis de los estímulos y sus respuestas sin entrar en el interior de nuestros cerebros para explicar las causas del comportamiento. Los ludópatas saben muy bien que el estímulo del juego se basa en que el premio es siempre discontinuo y escaso. El sabor de un primer refuerzo mediante el premio promueve una búsqueda compulsiva. Sería fácil encontrar en ello una metáfora total de nuestra existencia. Pero es si cabe más interesante constatar que el estímulo automático es una práctica habitual del mercado y de sus estrategias para fomentar el consumo. Una práctica ante la que reaccionamos como verdaderos ludópatas. Para Javier Núñez Gasco lo artístico se ha convertido en un juego con el que conjurar ese panorama de estímulos inconexos y discontinuos que nos mantienen aferrados a la promesa de premios sabiamente dosificados por el poder adquisitivo. La estadística del éxito convierte esas promesas difundidas para todos en mentiras para la mayoría. Lo artístico se vuelve así una ludopatía invertida, una conciencia crítica que revierte un proceso de reflejos condicionados para afirmarse en la ironía. Quizá como el ratón de laboratorio de un libro de texto Javier Núñez Gasco ensaya así una respuesta estética al enorme potencial de estímulos con que nuestro mundo reviste sus ofertas y sus promesas siempre postergadas.
Protomártir de las disfunciones sociales
Carlos Trigueros
La práctica artística de Núñez Gasco investiga empíricamente las patologías de nuestro entorno social, profundizando en el lado confuso del ser humano para experimentarlo sobre sí mismo. Inmigración, drogas, alcohol, juego y sexo son algunos temas de su amplio repertorio. Al igual que un chamán, se siente responsable de la conciencia colectiva, para cuya exploración integral es el objeto de su vida y obra.
Núñez Gasco se expone como mártir que es capaz de ver tanto la paja en el ojo ajeno como la viga propia. Una cuestión de doble contemplación, viendo al mismo tiempo esas realidades internas en la superficie externa del mundo. En sus estados alterados formaliza entidades incorpóreas, sucesos y fenómenos de mundos paralelos al suyo, el nuestro. Disfrazado, en algunos casos, de ironía destripa los llamados males de la sociedad en una autoinmoladora catarsis. Es la reencarnación del ilusionista y escapista americano Harry Houdinni, un martir del siglo XX. Se busca, ataduras, esposas y problemas cada vez más grandes y complicados para, en una suerte de increíbles malabares, salir airoso, sorprendiendo y cumpliendo con las expectativas del espectáculo. Lo que provoca en el espectador una cierta urticaria, sino identificación. Nadie puede ser indiferente a sus obras, un gran logro en el arte actual.
Sus compañeros de fechorías artísticas podrían parecer Santiago Sierra y Domingo Sánchez. Pero la intervención social del primero está excesivamente ideologizada, y los planteamientos del segundo son demasiado agresivos. Javier consigue desmarcarse desde una práctica aparentemente ingenua pero vírica y demoledora. No representa, experimenta sobre sí mismo. Sustrae el lado confuso del ser humano, como ente relacional, presentándolo con todas las consecuencias y sin ningún tipo de ambigüedad ni adoctrinamiento moral a través de una paradójica objetividad subjetiva.
Este proceso de autosantificación comienza, hace años, recopilando información de los diferentes estados de la materia. Su cuaderno de bitácora íntimo recoge un rito iniciático a través de impresiones de lo real. Entre acotaciones y disecciones con cinta adhesiva tanto de espacios cotidianos como abstractos, erosiones del cristal, pieles falsas, moldes en escayola del cuerpo y del mobiliario urbano, moviéndose a través de distintos niveles de realidad. Muestra los restos que nos enfrentan a la desagradable experiencia de la piel y el pelo, al miedo del espacio acotado y vacío, a la espesa huella de nuestro propio entorno. Una fragmentaria fosilización de lo real que invita a recomponer el objeto, o sujeto modelo.
En el siguiente tramo de conocimiento empírico, Núñez Gasco colecciona personas, sus rostros y descripciones. Rescata rostros de la oscuridad, a través de su escaneo, clasificándolos en un atlas del ser humano, burla del positivismo científico. Son personas de su entorno inmediato a los que ha añadido pequeñas leyendas para su album. Pautas de un posible personaje de psicokiller americano: “El coleccionista de almas”. El libro está lleno de cromos e historias que somatizan y expurgan su chamánico auto sacramental. En este afán de coleccionar vidas elabora “Registros”, entre 2003 y 2004. Escanéa personas a escala 1:1 consiguiéndo sus imágenes 100% fidedignas de gente real con problemas reales y clasificada como expedientes tipo para trabajadores sociales.
Al mismo tiempo observa extraños comportamientos ajenos como en “Mis razones”, 2 DVD de 2001 de 30 min., en donde Pepe y Belén dan testimonio personal de la ludopatía llegando a una descripción autobiográfica. Para, a continuación, integrarse él mismo en la mirada mediática como en “Desde dentro (intervención social)”. Inventa noticias para diferentes medios de comunicación: apariciones del artista/actor en programas, periódicos, informativos. O crea en 2002 el evento mediático, generándose una identidad para mostrar estereotipos sociales como en “Microchip”; “Intervención Fútbol” donde celebra la victoria del Real Madrid en la Copa de Europa entre la multitud; o como un testimonio más en “Tengo dos novias, una en Madrid y otra en Salamanca”, representando a Francisco Núñez en el talk-show “Esta es mi gente” de Jesús Vázquez.
Los procesos de tormento físico pasan por comer, en “¡Buen provecho!”, de la basura delante de la cámara en un cajero, en “Mediogramodefelicidad” expulsa por la nariz cocaina formando la palabra Felicidad o ser un adosado, el chicle de la zapatilla de una bailarina, en “Prótesis para una bailarina”. En “Inmolación”, bebe más de veinte botellines de cerveza como demostración del consumo alcohólico compulsivo, dando su vida, o su salud, en aras de una causa o divinidad: el escarnio social. Atrincherado entre cajas de cerveza porta una cartuchera de cuero repleta de las mismas. El espacio está acotado, frente la cámara no hay más personas pero el sonido delata que se encuentra en medio de un bar o discoteca. Acoplado al cuero tiene un sacacorchos, utilizado como detonador de cada botellín, que bebe ritualmente. El ritmo de la música produce en el espectador ansiedad y modula la ingesta. Su intolerancia patológica al lúpulo enseguida le produce malestar. La insistencia repetitiva y la lucha contra la naturaleza de su cuerpo son interrumpidos por silencios de debilidad y convulsión. La demanda recurrente a sentarse o levantarse. Y los vómitos que le llevan a nuevos campos de conocimiento que la ceremonia de ingestión propicia. Una inmersión en la verdadera experiencia psíquica, demostrando cómo las formas y modos de diversión pueden convertirse en tortura y suplicio. Una experiencia consciente que permite, a su comunidad de espectadores, obtener cierto conocimiento del estado que experimenta él mismo, y que a ellos -por su carencia de entrenamiento y dedicación- les está negado.
Este mártir contemporáneo busca en su autosuplicio el acceso simultáneo a otros campos de experiencia al que llegan sólo los preparados a través de mucho ritual físico y disciplina mental, socorrida normalmente por otros elementos supresores de la conciencia. Padeciendo, con sus grandes afanes y trabajos, en defensa de los otros: los relegados por la sociedad. A través de estos procesos performativos Núñez Gasco accede a la sublimación del hecho artístico, una religión unipersonal, un nihilismo puesto en escena.
Nos impresiona gratamente la versatilidad y profundidad de Núñez Gasco aunque no nos gustaría que empezase a experimentar con coches, aviones u otros comportamientos sociales no sólo peligrosos para él.